ROMA

 

Por Luis Sagasti

 

Debería haber un nombre para aquellas melodías que puedan reconocerse de inmediato cuando alguien las lleva con solo golpear los dedos contra una mesa. Los casi idénticos galopes de caballo de la obertura Guillermo Tell y la marcha Radetzky de Johann Strauss son ejemplos implacables.

 

 

Y contra lo que pueda suponerse, La Cabalgata de las Valquirias no es tan fácil de advertir como así tampoco el casi imposible coro de la Novena sinfonía.

 

 

 

Tal vez algún riff del rock pueda pasar la prueba pero definitivamente no una melodía lenta. Por supuesto, mientras el resto solo oye puros tambores del Congo, para quien percute, la claridad de la ejecución es la del sol al mediodía. Al parecer una identificación pronta requiere de un tempo muy marcado. Y aun así, quien escucha el golpeteo se instala en una suerte de estado de ciernes donde algo pareciera estar a punto de revelarse como ocurre, por ejemplo, cuando se pretende recordar por separado las partes que conforman un rostro. Podemos percibir la totalidad de una cara pero perdemos foco cuando nos acercamos a sus componentes por separado salvo, claro, si son muy notorios en su carácter: una nariz de Alighieri, los ojos muy marcados de Nefertiti. Pero incluso en caso de alcanzar la presa lo que en verdad hemos conseguido ha brotado de una foto o una pintura y no de la imagen en tres d fijada en la memoria (retenemos mejor lo que ha sido reducido a líneas). La memoria requiere una distancia justa para operar con destreza. Ese espacio constituye la zona de seguridad del recuerdo, no muy distinta a la zona de seguridad de los animales.

Jackson Pollock

Cuando la rompemos el perro huye o ataca; en este caso, la cara se aleja de nosotros para preservarse íntegra. Lo que sí parecen ser inmunes a la distancia son las líneas rectas, la ortogonalidad, ciertas simetrías. La memoria suele ser hospitalaria con ellas. Un cuadro de Mondrian no es difícil de recordar, uno de Jackson Pollock, imposible sino como un todo nuboso y escurridizo.

Mondrian

Y como de tal forma se presenta el cielo nocturno ante nosotros es probable que algunas de las historias de la mitología griega se hayan compuesto para poder recordar la serie de constelaciones que habrían de guiar a los navegantes durante la noche. Una suerte de regla mnemotécnica escrita con tinta de estrellas. No deja de ser sugestivo que historias crueles, y muy a menudo monstruosas, hayan tenido como función reconocer la ruta que llevaba a la calidez del hogar. Dioses, semidioses y titanes comportándose como verdaderos niños lunáticos solo para que podamos volver a casa de una vez por todas. Historias excesivas e inalterables allá en la noche inscriptas en las líneas rectas de las constelaciones. Como esos moldes de los tejidos en las revistas que solo una madre podía leer.

 

Tal vez el arte de narrar no sea otra cosa que el arte de encontrar las líneas precisas que enlace  entre sí a un puñado de hechos. No siempre suelen ser las de menor recorrido: las líneas rectas orientan y los relatos están hechos para perderse; deben sonar como las melodías que galopan contra la mesa; para dejar al lector en estado de umbral hay que escribir con muchísima claridad. Si traspasamos la zona de seguridad del relato, al revés de lo que sucede con los rostros, la narración se deshilacha en detalles y su integridad se desvanece. A excepción de la Polar ninguna estrella nos puede señalar el camino por su propia cuenta y riesgo.

Muchas veces no podemos ser muy claros cuando queremos contar algo. Hay experiencias inmunes a la nitidez. Ahí es cuando los otros arman sus propias constelaciones con nuestras estrellas fugaces y creen entender cabalmente todo lo que nos pasa. Y aconsejan como sabios chinos. Habitamos pléyades sin ser ningún dios sino simples mortales arrojados a su ira. Y allá arriba no hay historias que nos orienten; las rectas no existen, la memoria no puede conectar con ellas instantes hechos de azar porque se encontraba ocupada acopiando información para que podamos salir a flote. Pero ¿y luego? ¿Cómo desplegar en sucesión los pequeños maderos alcanzados que nos salvaron del naufragio? Porque, después de todo, allí estamos intentando decir algo.

Cuando uno corre en estado de pánico hay avance y sucesión a la vez. Más rápido se corre más atrás en la biología se retrocede. Transformarse en reptil, sí, es la pavura de la supervivencia. Pero no es gratuito el retorno a la pura biología. Cuando corrés así sos ese golpeteo del Congo, llevás el ritmo de la conservación en la sangre, lo mismo cuando amás. La ancestral melodía monocorde alojada en la parte más primitiva del cerebro inicia su serenata, la verdadera música de las esferas, esa que ignora las constelaciones. Por eso en la huida el reptil ve por el rabillo del ojo los paisajes ajenos alojados en el tronco encefálico y escucha olas y escuchan bombas, aviones cristianos, alaridos, truenos. Y el rugido del tigre sable, desde ya. Un soldado corriendo en la selva de Vietnam dijo haber visto en un relámpago a un colectivo prendiéndose fuego en una plaza. Los que huyen y los que celebran ofrendan su voluntad al presente y el presente no defrauda porque siempre es el mismo y todo lo reúne. Nadie huye solo y nadie celebra solo. Nunca. Por eso siempre hay fiesta cuando alguien escapa despavorido, las monedas tienen dos caras a fin de cuentas. En un momento de la noche, en toda bacanal puede distinguirse al rabillo a un patricio romano dando cuenta de un cordero. Pero si nos damos vuelta intrigados avanzamos sobre la zona de seguridad del presente y los nobles desaparecen con su gastronomía. Nunca hemos abandonado Roma, después de todo. Por eso es tan difícil el arte de narrar.

 

 

 

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