VOLVER A CASA

La búsqueda de Elsa Pavón por recuperar a su nieta Paula Logares, apropiada durante la última dictadura

 

Por Héctor Rodríguez

 

LA BÚSQUEDA

Era el año del Mundial ‘78. Mónica Sofía Grinspon y Claudio Ernesto Logares se habían conocido estudiando la carrera de Agronomía, en la UBA. Militaban en Montoneros y para ese entonces —ambos veinteañeros—, ya se habían casado. En el país eran tiempos extremadamente peligrosos. Ellos lo sabían. Por eso, tras un paso por Mar del Plata y a pesar de la resistencia de Mónica, que creía que no vería más a los suyos, a comienzos de 1977 decidieron instalarse en Uruguay, intentando escapar de la dictadura argentina.

Primero partió Claudio, para buscar un trabajo; lo consiguió en un estudio contable. A los pocos días salieron del país Mónica y la pequeña hija de ambos, Paula Eva, quien aún no había cumplido dos años.

Las visitas familiares a Montevideo, en especial de la amplia familia de Mónica, fueron una constante hasta abril de 1978. La siguiente estaba prevista para junio, y así celebrar juntos el segundo cumpleaños de Paula, el día 10.

El 18 de mayo de 1978 era feriado en el país vecino. En Montevideo, el matrimonio decidió llevar a Paula hasta el Parque Rodó. Esa tarde, después de seguirlos, verlos bajar de un ómnibus y antes de que abordaran el siguiente, una patota de varios hombres fuertemente armados, secuestró a la familia. A los tres los encapucharon, según relataron los testigos; tras golpear a Claudio los introdujeron en dos autos diferentes y huyeron.

 

Claudio, Mónica, y la pequeña Paula, a upa. Archivo familiar.

Uruguay, así como otros países de la región, se había sumado a la estructura represiva que funcionó durante la década del 70 en el Cono Sur: el “Plan Cóndor”. Un programa de alianzas y apoyos mutuos entre dictaduras latinoamericanas.

En ese marco fue que los trasladaron a Buenos Aires, a la Brigada de Investigaciones de San Justo. Allí, el subcomisario de la Policía bonaerense Rubén Lavallén, tras someter a tormentos a la pareja, se apropió de Paula. En complicidad con su mujer uruguaya, Raquel Teresa Mendiondo Leiro, la anotó como hija biológica con dos años menos de edad, como “nacida” al momento del operativo. Los padres de Paula fueron luego trasladados a un nuevo centro clandestino, el Pozo de Banfield.

Elsa Beatriz Pavón, la abuela de Paula y mamá de Mónica, se enteró de las desapariciones recién quince días más tarde. “Mi primera reacción fue ‘se perdió la nena’. Paula quedaba en una guardería mientras ellos dos trabajaban. Pensé que mi hija y mi yerno estarían presos en algún lugar y que los íbamos a encontrar”, dice Elsa. “No sabía, hasta ahí, que existía la desaparición de personas, no tenía conciencia de lo que estaba pasando”.

A partir de ese momento no se quedó quieta ni un instante. Con una foto de Paula en su mano, llegó hasta el vicario castrense, monseñor Emilio Graselli, quien le mintió como lo hiciera con otros miles de madres desesperadas. El hombre de sotana negra miró cuidadosamente la foto, como si la estudiase. Por fin, dijo:

—Usted sabe cómo son estas cosas. Los trasladan en un Hércules entre gallos y medianoche. Yo le voy a devolver la nena, pero de los padres, olvídese.

—De acuerdo, devuélvame la nena —respondió Elsa, creyendo que así encontraría al resto de la familia.

La abuela viajó a Uruguay gracias al apoyo económico de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas y el MEDH, Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Estuvo en el departamento que habitaban sus “hijos”, como los llama. Allí faltaba todo, hasta la ropita de su nieta.

 

Buscó por cielo y tierra. Recorrió infinidad de lugares, gastando suelas con amas de cría, hospitales, colegios, comisarías, orfanatos. “Recorrí todos los lugares donde hubiese chicos pequeños. Me permitieron verlos. Conocí Uruguay mejor que mi propio barrio”.

Apenas finalizado el Mundial 78, Elsa viajó nuevamente a Uruguay, sola, a buscar a su nieta y a encontrar noticias de su familia. Allí advirtió que debía separar las búsquedas. Como abuela, por un lado, y como madre, por otra.

De regreso a la Argentina, tampoco dejó puertas sin golpear. Hasta que, en La Plata, una mañana, conoció en el Juzgado de Menores a Chicha Mariani y a Licha de la Cuadra, las dos primeras presidentas de Abuelas (en aquellos primeros tiempos fueron “Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos”). Junto a otras tres abuelas, la invitaron a sumarse al grupo (“Nosotras ya tenemos audiencia; sola no te van a atender”).

Nunca más se separó de ellas.

Eñsa, Chicha Mariani y Estela de Carlotto

Elsa dejó de trabajar como enfermera para dedicarse de lleno a encontrar a su nieta. “Hasta 1980 yo creía que la nena seguía con su madre. Fue catastrófico entender que estaban separadas”.

Desde entonces, la búsqueda de Paula —como la de otros cientos de Paulas— fue colectiva. Hasta lo inimaginable llegaron a concretar ese puñado de mujeres, solas de toda soledad, en esa pesquisa de tono detectivesco y dramático, a la vez.

En Brasil, a comienzos de 1980, y a través de la organización de derechos humanos CLAMOR, le acercaron una foto a Chicha Mariani. Era Paula. “Apenas llegó a Buenos Aires, Chicha me llamó. Ella estaba segura de que era Paula; aun así, le costó convencerme”, cuenta Elsa.

El dorso de la fotografía tenía una dirección impresa. Era donde vivía la pequeña, en Palermo. “Nos acercamos con una de mis hijas; la tercera vez fui sola. Y la vi, de espaldas. Regresé a la semana y ya se habían mudado. Ahí se me perdió el rastro”, explica en tono pausado.

En Abuelas decidieron entre todas empezar a afinar la búsqueda. Aunque perdieron de vista las pistas hasta 1983. En julio de ese año, Emilio Mignone, presidente del CELS, recibió una llamada con datos precisos de dónde ubicar a Paula. Se comunicó con Abuelas. Y vuelta a empezar. Ahora con una nueva planificación.

Llegaron a ubicar la casa del apropiador, en Capital Federal. Tenían el nombre de pila de ese hombre, pero no su apellido.

Elsa viajaba todos los días desde Banfield, donde vivía, hasta el barrio de Chacarita solo para estar cerca, para tratar de ver a la pequeña, para rondar el domicilio. Cuatro colectivos diarios, dos horas y media de viajes ida y vuelta. Así, un año y medio. Hacía compras cotidianas en ese barrio que no era el suyo, pero en el que un represor impune se había quedado con lo más preciado de su vida.

 

Claudio, Mónica y Paula, archivo familiar

Se cambiaba de peinado, de ropa, de zapatos, para no despertar sospechas cuando compraba en la verdulería de enfrente, un día; en la carnicería de la esquina, otro día, y en la panadería más cercana a la casa de Paula, buscando mimetizarse.

Una tarde llegó a ver a su nieta. Estaba de espaldas. Regresaba de la escuela enfundada en un extraño guardapolvo rosa de preescolar (cuando debía lucir delantal de primaria). La emoción y el shock la envolvieron y perturbaron por completo. Aquella vez no se animó a hablarle.

Alcanzó a tomar nota de la chapa patente del micro escolar que la trasladaba todos los días. Le pidió a una de sus hijas que lo siguiera en auto. Le tomaron el tiempo de traslado, los horarios de ida y de regreso, todo. Lograron plantarse con discreción a metros de la puerta de la escuela. Elsa debía asegurarse de que fuese Paula.

Otro día le pidió a su marido que repitiera la acción y fuese a verla. La descolocaba verla con guardapolvo de preescolar, siendo que Paula ya tenía siete años… El abuelo, recién operado del corazón, se atrevió a hablarle. “Si me decía ‘abelo’ yo me desmayaba ahí mismo”.

A Elsa se le volvió insoportable tenerla delante y no poder hablarle. Les pidió a las abogadas de Abuelas que la próxima vez que la viese fuera con un juez delante

 

EL PAPEL DE LA JUSTICIA

El lunes 13 de diciembre de 1983, el primer día hábil tras el regreso de la democracia, a las siete de la mañana, Chicha Mariani, Elsa Pavón y las abogadas de la institución, ya estaban frente a la puerta del Palacio de Tribunales. Hicieron la primera denuncia ante el Juzgado Federal N° 1. Había mucho que probar: identidad falsa, papeles fraguados, mentiras disparatadas, ocultamientos, trámites interminables y una manifiesta pereza judicial para avanzar. Fue tal la insistencia de Chicha Mariani ante el despacho del juez, que se decidió hacer un allanamiento a la casa de Lavallén, aunque sin los resultados esperados por Abuelas.

Mientras tanto, el excomisario seguía mudándose de casa en casa, huyendo (“Lo hacemos porque una mujer mala nos molesta”, llegó a decirle a la niña). Al mismo tiempo, avanzaban las muestras de sangre, radiografías y novedosos estudios de ADN (para determinar el “índice de abuelidad”) en el Hospital Durand. En agosto de 1984 los médicos informaron al juez de la causa que la niña era indubitablemente Paula Eva Logares.

Elsa Pavón decalra en 2018, en La Plara. Foto: Gabriela B. Hernández.

 

Durante el Juicio por la Verdad, llevado adelante en los Tribunales de La Plata, Elsa pudo sentarse ante los jueces y contar durante tres horas su historia y la de Paula. No solo lloró ella mientras narraba todo aquel largo infierno, sino que no podían ocultar el llanto ni los abogados ni los propios jueces, ni la sala colmada de público.

 

 

 

 

 

EL ENCUENTRO

En noviembre de ese primer año de democracia, Abuelas de Plaza de Mayo presentó el caso de Paula ante la Corte Suprema de Justicia. Un mes más tarde, ese máximo tribunal ordenó que la niña regresara con sus abuelos.

El 13 de diciembre de 1984, la Cámara de Casación concretó, finalmente, el cambio de guarda.

Elsa estuvo desde temprano en Tribunales junto a su esposo, el equipo de abogadas, psicólogos y un pediatra. Paula llegó junto a sus apropiadores. Los hicieron pasar a ellos y les comunicaron que la niña iba a ser trasladada a la guarda de su abuela; mientras tanto, la pequeña quedó con el juez. A los apropiadores les dijeron que se vayan y debieron acatarlo. De inmediato hicieron pasar a la sala a la abuela y los suyos.

 

Elsa Pavón, Paula Logares.

Elsa se sentó al lado de Paula, reacia a reconocer una historia que le habían ocultado con malicia. “Vos no sos nada mío, no te conozco” dijo furiosa la pequeña, ahora de ocho años. “Fue un momento duro, difícil. Lloraba mucho y no quiso comer. Había que explicarle a ella lo inexplicable; tenía puesto un casette en la cabeza y lo repetía”, dice Elsa.

Su abuela le había llevado fotos de ella y de sus papás, para que se reconociera. La dejó que hablara y pudiera descargar su enojo. Le explicó que la había buscado desde siempre, que era la mamá de su mamá.

Paula decidió detenerse en las imágenes que le mostraban. Cuando reconoció a su padre, se estremeció.

— ¿Sabés cómo le decías a tu papá, Paula? Le decías Calio, así, Calio —le dijo su abuela arrimándose al oído de la niña—. Él te llevaba a cococho y a vos te gustaba mirar la luna.

Paula repitió en voz baja ese apodo, Calio, como apelando a su memoria emocional. Fue un instante. Y rompió en un llanto desesperado. Tras la crisis, se durmió durante dos horas. Según le explicó a Elsa el pediatra de Abuelas y ex detenido desaparecido, Norberto Liwski, “ese momento equivale al de abrir un absceso. Es un instante muy doloroso, pero luego de sacar afuera todo lo enfermo, se siente un gran alivio”. “Es como el momento en que volvió a nacer”, sostuvieron los psicólogos.

La dejaron descansar. Cuando se despertó, volvió a enojarse. El juez Andrés D’Alessio —el mismo que meses más tarde integró el tribunal que juzgó y condenó a las Juntas Militares— puso un límite. “Bueno, basta, Paula, nos vamos a la casa de tu mamá, dame la mano”.

—Pero con dos condiciones —dijo Paula.

—¿Qué condiciones? —preguntó su abuela.

—La primera, yo quiero llamar “mamá y papá” a Raquel y Rubén.

—Está bien —le respondió Elsa—. Pero tené algo en claro. Cuando vos digas “mamá y papá”, son Mónica y Claudio. Y cuando te referís a ellos, les decís mamá Raquel y papá Rubén. Entonces vamos a saber de quiénes hablás. Acordate de eso: mamá y papá son solo Mónica y Claudio.

—Bueno —aceptó Paula—. Y algo más.—¿Qué querés?

Paula y Elsa

—Que me compren el Billiken todas las semanas.

—De acuerdo, así lo haremos —le respondió el esposo de Elsa.

Hasta que falleció (tan solo tres meses más tarde de recuperar a la nieta), su abuelo se levantaba cada lunes a las seis de la mañana, iba hasta el kiosco a comprar el Billiken y antes de que Paula se despertara, la revista ya estaba al lado de su cama.

 

REGRESO A CASA

“Nos fuimos a casa. Ella llegó y se acomodó perfectamente bien —cuenta Elsa—. Paula ya caminaba cuando ocurrió su secuestro; empezó a hacerlo antes de cumplir los nueve meses, de modo que ella había andado en la casa, donde vivió hasta el año junto con su mamá. Reconoció el dormitorio, allí llegó solita. Supo dónde estaba el baño, no preguntó cómo ubicarlo. Increíblemente, se acordaba de los espacios de la casa.” Y agrega: “Esa primera noche se quedó a dormir la psicóloga de Abuelas, por si tenía una crisis. A la mañana siguiente, temprano, nos llamaron las asistentes sociales para saber cómo había resultado. Así empezamos la vida cotidiana.”

 

Ese 13 de diciembre de 1984, Paula Logares recuperaba su identidad y toda la verdad. Fue la primera nieta restituida en democracia, y el primer caso de reparación a través de estudios genéticos. Aquel día Paula volvía a casa, y Elsa, que jamás bajó los brazos, con su corazón tan grande como la luna, recuperaba una parte fundamental de su vida atravesada por la tragedia.

 

Nota:
El 30 de marzo de 1988,
a diez años de su secuestro junto a sus padres, el juez Gaulan le entregó a Paula su nuevo documento de identidad, donde figuraba su fecha de nacimiento, 10 de junio de 1976, y con su verdadero nombre y apellido.

 

 A la memoria de Mónica Sofía Grinspon y de Claudio Logares.

 A todos los que, según la propia Elsa Pavón, arriesgaron sus vidas ayudando anónimamente en esta compleja y dramática historia.

 

Reclamo por la aparición de Paula. Foto Archivo Mónica Hasenberg

 

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